Se dice que la institución escolar, de entre todos los aspectos formativos de la persona, tradicionalmente ha privilegiado el intelectual. Sin embargo, es antigua la exigencia pedagógica de una educación integral que no descuide ninguna de las facetas del ser humano y las potencie armónicamente todas. La idea de la educación integral es una vieja aspiración pedagógica que la escuela en la práctica raramente ha satisfecho. La escuela, nos guste o no, ha estado y está polarizada hacia la “dimensión intelectual” (intencionadamente dirigida), mientras la afectividad, la sociabilidad, la sensibilidad, la expresión artística, etc. fuera de contadas excepciones, ostentan en la escuela un papel muy secundario y subordinado. Hemos de ser conscientes de que la educación no es sólo transmisión de conocimientos, también es orientar para poder hallar el camino que debemos seguir para el desarrollo personal del individuo dentro de la sociedad a la que pertenece. Para ello se debe tener en cuenta la realidad en la que vivimos, pues todo lo que aprendamos nos sirve para nuestra realidad del día a día y todo lo que vivimos también forma parte de nuestra formación.
Querría destacar también el concepto de “educación permanente” puesto que claramente es un proceso que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. La educación no tiene límites marcados por la edad o por la escuela, por los deberes profesionales o bien por la relación circunstancial de cada uno. Se extiende y se aplica a todos y siempre.
Entonces, ¿por qué creemos, o incluso damos por sentado, que la escuela es el lugar imprescindible y único donde nuestros hijos pueden ser educados? Pues bien, sabemos que la escuela tiene una misión o función primordial, legítima y humana, que es la de promover el desarrollo de los niños que concurren a ella (ésta sería la misión educativa). Pero las escuelas tienen otras misiones y otras funciones que cumplir y que son incompatibles entre sí. Por eso estoy de acuerdo con la afirmación de que la escuela hace promesas que no puede cumplir.
Una de esas otras misiones es la de “función de custodia”. Para poner un ejemplo muy obvio, diríamos que la necesidad de la educación preescolar institucionalizada se ha creado más por la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa que por cualquier consideración pedagógica sobre las posibles superiores virtudes de la educación colectiva de los más pequeños en relación a su educación exclusivamente doméstica. La escuela, pues, funciona como por encargo y su actuación sólo es viable cuando debe satisfacer algún requerimiento auténtico y realmente significativo. La escuela, al menos la escuela llamada “tradicional”, se decanta más por el ámbito de la necesidad que el de la libertad, aceptando más como objeto al adulto futuro que al niño presente (Holt, J. 1976).
También podemos apreciar la función de “selección de roles”, se decide a quién en nuestra sociedad le corresponden los empleos de mayor sueldo, a quién los empleos de sueldo mediano, a quién aquellos de sueldo bajo y quiénes no conseguirán empleo alguno. Pero la gran verdad es que “ser bueno en la escuela significa sólo eso: ser bueno como escolar” (Holt, J. 1976).
La sociedad actual está obsesionada por el triunfo, por el podio, por el número uno. Pero apenas algunas personas podrán llegar. Pero podemos ser el número 10, el número 100 o el número 1.000 con dignidad y felicidad, y eso se puede y se debe enseñar. Por desgracia, la agenda paranoica de la sociedad estimula lo contrario (Augusto Cury).
Y, por último, debo mencionar la función de adoctrinamiento, que en mi opinión es la más peligrosa y destructiva de todas. Este adoctrinamiento se da de forma directa y sin disfraces e incluso mediante formas más sutiles y subliminales que suelen ser las más potentes y destructivas que dan lugar al proceso de alienación. Esto lo describió muy bien Miriam Wasserman en un artículo publicado en 1971:
“…las escuelas se proponen enseñar a los niños algo con contenido académico de tipo especialmente lingüístico o matemático. También se proponen enseñarles a ser trabajadores alienados, es decir, a trabajar por mandato de otro, bajo la supervisión de otro y, en gran medida, por una recompensa extrínseca. Es así como el aprendizaje del niño, más o menos no alienado y conducido por él mismo antes de ingresar en la escuela, le es suprimido por el maestro desde el momento en que se transforma en alumno. Cuando el maestro identifica la resistencia del niño a este proceso de alienación lo llama, como el resto del mundo, resistencia a adquirir conocimientos. Y la verdad es que interfiere el aprendizaje de cosas muy simples y ello constituye una tragedia en el caso de muchos niños individuales y de grupos de niños que no aceptan encantados la alienación.”
En la escuela se nos ha enseñado a vender nuestro aprendizaje por notas, para que luego nos sea posible vender nuestro trabajo por dinero.
A lo largo de todos mis años de escolaridad he vivido momentos que siempre quedarán grabados en mi mente. Y después de leer este libro, vuelvo a recordarlos con una mezcla de sentimientos de rabia e indignación. Un compañero y amigo íntimo fue expulsado de la escuela, donde le dijeron que, debido a su mal comportamiento y sus malos resultados académicos, no era apto para el estudio y nunca llegaría a ser nada en esta vida. Este amigo mío sufrió muchísimo en esta etapa de su vida, pero a lo largo de los años y con el apoyo de todos sus amigos y algunos de sus familiares, consiguió seguir adelante. Hoy en día tiene formada su propia familia y tengo que decir que ejerce como lo que es, gran padre responsable y ejemplar de dos hijos, esposo de una mujer fantástica y, como lo ha sido siempre, una grandísima persona.
Este hecho no hace más que reafirmarme en que la escuela tradicional que conocemos no es lo que la educación necesita. Entiendo perfectamente todo lo que Illich nos dice en su libro "La sociedad desescolarizada", incluso lo comparto en cierta medida. Durante mucho tiempo la impotencia se adueñó de mí y la rabia contenida de todos estos años afloró en mi posicionamiento reacio a la escuela. Pero debido a muchas conversaciones que he tenido la ocasión de tener a lo largo de estos últimos años con diferentes profesores, compañeros, amigos y familiares dedicados a la educación, he llegado a la conclusión de que un cambio radical puede ser posible en la educación y, por qué no, en el concepto de escuela y en la manera de llevarla a cabo.
Estoy harto de estar enfadado, y en lugar de perder todas mis fuerzas en hacer ver a los demás todo lo malo que nos rodea (cosa que me ha acabado fatigando y que no consigue más que enfurecerme aún más por ver la pasividad con la que reacciona la gente), he decidido buscar e indagar las recetas que combatan aquello que no me gusta. En definitiva, me niego a pensar que esto no puede cambiar.
No me parece nada descabellado el movimiento de desescolarización que promulgan varios autores, ni mucho menos, incluso conozco a una pareja que no ha escolarizado a sus hijos. Pero es un cambio demasiado drástico para que esta sociedad “enferma” lo digiera o asuma, teniendo en cuenta, además, la circunstancia de que no sólo los niños deberían ser desescolarizados, sino toda la sociedad (haría falta un cambio integral de la sociedad, de 180 grados). De mientras, podríamos hablar, así, de diferentes movimientos de renovación pedagógica que se están llevando a cabo como por ejemplo el movimiento de las “comunidades de aprendizaje”, de las escuelas basadas en la “pedagogía Waldorf”, la pedagogía del ocio como complemento a la escuela, etc. Después de investigar un poco, he podido ver con mis propios ojos que una educación diferente, eficaz, humana y justa es posible y de hecho en algunos sitios se están consiguiendo resultados increíbles.
“Nunca será tarde para buscar un mundo mejor y más nuevo, si en el empeño ponemos coraje y esperanza” (Alfred Tennyson).
No hay comentarios:
Publicar un comentario