2010/12/06

Sociedad y escuela

Se dice que la institución escolar, de entre todos los aspectos formativos de la persona, tradicionalmente ha privilegiado el intelectual. Sin embargo, es antigua la exigencia pedagógica de una educación integral que no descuide ninguna de las facetas del ser humano y las potencie armónicamente todas. La idea de la educación integral es una vieja aspiración pedagógica que la escuela en la práctica raramente ha satisfecho. La escuela, nos guste o no, ha estado y está polarizada hacia la “dimensión intelectual” (intencionadamente dirigida), mientras la afectividad, la sociabilidad, la sensibilidad, la expresión artística, etc. fuera de contadas excepciones, ostentan en la escuela un papel muy secundario y subordinado. Hemos de ser conscientes de que la educación no es sólo transmisión de conocimientos, también es orientar para poder hallar el camino que debemos seguir para el desarrollo personal del individuo dentro de la sociedad a la que pertenece. Para ello se debe tener en cuenta la realidad en la que vivimos, pues todo lo que aprendamos nos sirve para nuestra realidad del día a día y todo lo que vivimos también forma parte de nuestra formación.

Querría destacar también el concepto de “educación permanente” puesto que claramente es un proceso que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. La educación no tiene límites marcados por la edad o por la escuela, por los deberes profesionales o bien por la relación circunstancial de cada uno. Se extiende y se aplica a todos y siempre.

Entonces, ¿por qué creemos, o incluso damos por sentado, que la escuela es el lugar imprescindible y único donde nuestros hijos pueden ser educados? Pues bien, sabemos que la escuela tiene una misión o función primordial, legítima y humana, que es la de promover el desarrollo de los niños que concurren a ella (ésta sería la misión educativa). Pero las escuelas tienen otras misiones y otras funciones que cumplir y que son incompatibles entre sí. Por eso estoy de acuerdo con la afirmación de que la escuela hace promesas que no puede cumplir.

Una de esas otras misiones es la de “función de custodia”. Para poner un ejemplo muy obvio, diríamos que la necesidad de la educación preescolar institucionalizada se ha creado más por la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa que por cualquier consideración pedagógica sobre las posibles superiores virtudes de la educación colectiva de los más pequeños en relación a su educación exclusivamente doméstica. La escuela, pues, funciona como por encargo y su actuación sólo es viable cuando debe satisfacer algún requerimiento auténtico y realmente significativo. La escuela, al menos la escuela llamada “tradicional”, se decanta más por el ámbito de la necesidad que el de la libertad, aceptando más como objeto al adulto futuro que al niño presente (Holt, J. 1976).

También podemos apreciar la función de “selección de roles”, se decide a quién en nuestra sociedad le corresponden los empleos de mayor sueldo, a quién los empleos de sueldo mediano, a quién aquellos de sueldo bajo y quiénes no conseguirán empleo alguno. Pero la gran verdad es que “ser bueno en la escuela significa sólo eso: ser bueno como escolar” (Holt, J. 1976).

La sociedad actual está obsesionada por el triunfo, por el podio, por el número uno. Pero apenas algunas personas podrán llegar. Pero podemos ser el número 10, el número 100 o el número 1.000 con dignidad y felicidad, y eso se puede y se debe enseñar. Por desgracia, la agenda paranoica de la sociedad estimula lo contrario (Augusto Cury).

Y, por último, debo mencionar la función de adoctrinamiento, que en mi opinión es la más peligrosa y destructiva de todas. Este adoctrinamiento se da de forma directa y sin disfraces e incluso mediante formas más sutiles y subliminales que suelen ser las más potentes y destructivas que dan lugar al proceso de alienación. Esto lo describió muy bien Miriam Wasserman en un artículo publicado en 1971:

“…las escuelas se proponen enseñar a los niños algo con contenido académico de tipo especialmente lingüístico o matemático. También se proponen enseñarles a ser trabajadores alienados, es decir, a trabajar por mandato de otro, bajo la supervisión de otro y, en gran medida, por una recompensa extrínseca. Es así como el aprendizaje del niño, más o menos no alienado y conducido por él mismo antes de ingresar en la escuela, le es suprimido por el maestro desde el momento en que se transforma en alumno. Cuando el maestro identifica la resistencia del niño a este proceso de alienación lo llama, como el resto del mundo, resistencia a adquirir conocimientos. Y la verdad es que interfiere el aprendizaje de cosas muy simples y ello constituye una tragedia en el caso de muchos niños individuales y de grupos de niños que no aceptan encantados la alienación.”

En la escuela se nos ha enseñado a vender nuestro aprendizaje por notas, para que luego nos sea posible vender nuestro trabajo por dinero.

A lo largo de todos mis años de escolaridad he vivido momentos que siempre quedarán grabados en mi mente. Y después de leer este libro, vuelvo a recordarlos con una mezcla de sentimientos de rabia e indignación. Un compañero y amigo íntimo fue expulsado de la escuela, donde le dijeron que, debido a su mal comportamiento y sus malos resultados académicos, no era apto para el estudio y nunca llegaría a ser nada en esta vida. Este amigo mío sufrió muchísimo en esta etapa de su vida, pero a lo largo de los años y con el apoyo de todos sus amigos y algunos de sus familiares, consiguió seguir adelante. Hoy en día tiene formada su propia familia y tengo que decir que ejerce como lo que es, gran padre responsable y ejemplar de dos hijos, esposo de una mujer fantástica y, como lo ha sido siempre, una grandísima persona.

Este hecho no hace más que reafirmarme en que la escuela tradicional que conocemos no es lo que la educación necesita. Entiendo perfectamente todo lo que Illich nos dice en su libro "La sociedad desescolarizada", incluso lo comparto en cierta medida. Durante mucho tiempo la impotencia se adueñó de mí y la rabia contenida de todos estos años afloró en mi posicionamiento reacio a la escuela. Pero debido a muchas conversaciones que he tenido la ocasión de tener a lo largo de estos últimos años con diferentes profesores, compañeros, amigos y familiares dedicados a la educación, he llegado a la conclusión de que un cambio radical puede ser posible en la educación y, por qué no, en el concepto de escuela y en la manera de llevarla a cabo.

Estoy harto de estar enfadado, y en lugar de perder todas mis fuerzas en hacer ver a los demás todo lo malo que nos rodea (cosa que me ha acabado fatigando y que no consigue más que enfurecerme aún más por ver la pasividad con la que reacciona la gente), he decidido buscar e indagar las recetas que combatan aquello que no me gusta. En definitiva, me niego a pensar que esto no puede cambiar.

No me parece nada descabellado el movimiento de desescolarización que promulgan varios autores, ni mucho menos, incluso conozco a una pareja que no ha escolarizado a sus hijos. Pero es un cambio demasiado drástico para que esta sociedad “enferma” lo digiera o asuma, teniendo en cuenta, además, la circunstancia de que no sólo los niños deberían ser desescolarizados, sino toda la sociedad (haría falta un cambio integral de la sociedad, de 180 grados). De mientras, podríamos hablar, así, de diferentes movimientos de renovación pedagógica que se están llevando a cabo como por ejemplo el movimiento de las “comunidades de aprendizaje”, de las escuelas basadas en la “pedagogía Waldorf”, la pedagogía del ocio como complemento a la escuela, etc. Después de investigar un poco, he podido ver con mis propios ojos que una educación diferente, eficaz, humana y justa es posible y de hecho en algunos sitios se están consiguiendo resultados increíbles.

“Nunca será tarde para buscar un mundo mejor y más nuevo, si en el empeño ponemos coraje y esperanza” (Alfred Tennyson).

El poder del maestro

Hoy en día el conocimiento y la información son muy cambiantes, por tanto, hay que cambiar el concepto de educación.

La persona debe llegar a lo máximo individualmente, eso sí, sin olvidar que pertenece a una sociedad.

Pero vivimos en un mundo globalizador donde, enmascaradamente y sin darnos cuenta, el multiculturalismo tiene los días contados. Donde el envoltorio es muchísimo más importante que el contenido. Donde el individuo inconscientemente camina por el sendero marcado por la sociedad, puesto que es adoctrinado para ello.

Así pues, dentro de la escuela, se debería evitar el uso de la enseñanza para imponer y delimitar un camino general a todo el alumnado. Debemos resaltar el papel del maestro para ayudar a cada uno de sus alumnos a labrar, cimentar o buscar su propio camino en la vida.

Más aún, creo que los propios maestros son los que deberían REVOLUCIONAR la escuela actual, no frenando las habilidades y creatividad de sus alumnos sino potenciándola y trabajando activamente para ello.

Por muchos factores que influyan en el sistema escolar (político, etc.), los maestros son los que dentro de sus aulas tienen la oportunidad de dar los primeros pasos firmes para dar ese giro de 180 grados, tan necesario. Pero para ello, hay que tener voluntad.

Claro que hay obstáculos, infinidad de ellos, pero los maestros no podemos convertirnos en uno de ellos. Así pues, ¡¡¡ DEJEMOS DE PREOCUPARNOS Y VAYAMOS A OCUPARNOS !!!

Mejorar las escuelas

Quisiera comenzar este comentario abordando una reflexión sobre la educación en general. Actualmente lo exigido a la escuela es más de lo que puede llegar a abarcar si no se da un vuelco, necesario diría yo, al concepto de educación o, mejor aún, dejemos la teoría a un lado para pasar a la práctica. Los numerosos cambios legislativos que hemos vivido en los últimos años vienen a informarnos de que vivimos en una dinámica continua, y para afrontarlo todo lo cambiamos deprisa y corriendo, pero no vale con plasmarlo en una hoja, sino debemos pensar cuál es la mejor manera de llevarlo a la práctica: cómo, quién, cuándo, dónde… Quiero hacer hincapié en el “quién”: esta sociedad está equivocada si piensa que la educación es tarea de los docentes. La educación no es algo que concierne exclusivamente a la escuela, se da en todas partes, por lo que toda la comunidad educativa es, y debería sentirse, parte de ella: profesores, cualquier empleado del centro escolar, familiares, vecinos, amistades, medios de comunicación… ¿Si la educación la formamos todos, por qué se le exige a los docentes toda la responsabilidad que abarcan todas estas personas? Seamos conscientes de esta actual situación y reflexionemos sobre ello para que podamos empezar a dar pasos hacia la educación que soñamos.

Hecha esta aclaración de ámbito general, necesaria en mi opinión, y centrándome ya en las escuelas conflictivas, soy optimista y creo firmemente que el margen de mejora de dichos centros es real, posible y elevado. Para ello lo primordial es la colaboración dentro y fuera de las escuelas y el liderazgo como precursor de dicho cambio.

Hace unos meses tuve la ocasión de ver una película titulada “Hoy empieza todo”, en la que aparecía un pequeño pueblo donde un tercio de los habitantes estaba en paro a causa de la crisis minera. El director y profesor de una escuela infantil, además de ocuparse de la educación de los niños, se encargaba de ayudarles con los problemas, principalmente económicos, que tienen cada uno de ellos, aunque fuesen funciones que, directamente, no eran de su competencia. Se encontraba atrapado en una jerarquía que no le permitía extralimitarse en sus tareas como educador.

La actuación del protagonista a lo largo del film, nos viene a decir que a pesar de encontrarnos impotentes ante un sistema despreocupado (los políticos responsabilizan a los padres de los problemas que les acontecen, los servicios sociales se excusan con la falta de personal para no implicarse en sus funciones, los padres se quejan de su falta de recursos…) tengamos esperanzas y coraje para luchar por los niños, que son las verdaderas víctimas.

Respecto a la contribución de la escuela a la sociedad, creo también que el compromiso de la escuela de hoy no puede ser solamente del alumnado, sus familias y del entorno que le rodea, ni tampoco sólo del profesorado, debería ser un acuerdo global, que luchara por una enseñanza de calidad, dentro y fuera de sus aulas. Debería ser una escuela comprometida con los valores democráticos, que fomentase la participación de las familias implicándolas en el objetivo de hacer una escuela para todos, que transmitiera una ética social y que afrontara y resolviera los conflictos de manera armónica. Pero la escuela, aún teniendo un papel importante, no es la única responsable para lograr un cambio cultural y progreso social. Es preciso que todos participen de la culturización y de la formación sin situaciones de privilegio promovidas por la posición económica, social, política o de cualquier otro ámbito.

Por otra parte, no existe una receta exacta para todos los centros, por lo que no podemos pretender tener un manual estricto a seguir. Cada centro, desde su realidad contextual, debe reflexionar sobre los cambios reales que se pueden conseguir. Digo esto, porque con demasiada frecuencia, los enfoques utilizados para promover cambios en estas escuelas son poco decisivos. Esto quiere decir que pueden cambiar el aspecto de las cosas pero no su forma de actuar. Por eso lo que realmente hace falta es una reflexión crítica y autocrítica que lleve a ideas que identifiquen las estrategias que puedan ser más sutiles, menos obvias y, sin embargo, más decisivas para provocar un cambio sostenible en cada escuela urbana.

Por todo ello, desde la burocratización no se puede obligar o exigir a todos los centros la aplicación de recetas comunes y rígidas, sistemas de evaluación estrictos y sin sentido, etc. sino debe dejar que cada centro elija y haga valoración de los pasos necesarios a seguir. Eso sí, siempre podemos y debemos coger el ejemplo de otros centros, incluso colaborar conjuntamente sin tener que competir entre sí. Aunque la sociedad actual nos haga rivales, dada la actual mercantilización de los centros educativos, que se guían por resultados económicos y “resultados académicos óptimos” de cara a la galería, obviando lo realmente importante, el derecho a la educación de todos y para todos. La búsqueda de la eficacia por encima de cualquier otra consideración distorsiona y rectifica el concepto de cultura que se trabaja en la escuela, ignorando que la escuela misma es un escenario cultural de interacción, negociación y contraste social (Green, 1976, en Pérez Gómez, 1992:104).

Para el cambio soñado de las escuelas me parece esencial el concepto de liderazgo, en el que los directores deben liderar una estructura cooperativa, donde los docentes coordinan sus esfuerzos para lograr objetivos comunes. Se acepta que habrá diferencias entre puntos de vista, desacuerdos, discusiones y oposiciones, pero se entiende que ocurren dentro de un marco más amplio de acuerdo –el consenso– que todo el mundo suscribe y dentro del cual toda discusión, desacuerdo o conflicto de intereses puede reconciliarse con el diálogo, sin recurrir a la confrontación (Hall et al., 1978:56). Lo primordial es remar todos en la misma dirección y sabiendo cual es la meta.

Al comienzo todo parece imposible. Pero, cuando el duro trabajo bien hecho comienza a dar resultados positivos, la mayoría descubre que “el éxito alimenta el éxito” y los primeros éxitos son significativos para mejorar y mantener los logros. Es un gran bucle que se realimenta. Los comienzos son muy duros, es muy difícil echar a andar, pero una vez en marcha todo se ve de otra manera.

Dejemos los prejuicios a un lado, quitemos las barreras que nosotros mismos ponemos y vayamos a construir lo que soñamos, si es esto lo que soñamos, claro.